DALE DURO CON EL PAÑAL, PA’ QUE APRENDA

URQUÍA “KIA” LARRALDE*

“Dale duro con el pañal, pa’ que aprenda”, le aconsejaba la abuela del niño a la madre. Así la habían educado a ella y ella a su hija, a quien ahora aconsejaba, para que el nuevo miembro, una bebé todavía usando pañales, vaya aprendiendo como son las cosas…

Aunque padre y madre discutían con frecuencia, en un punto estaban de acuerdo: educar a los hijos era para ellos sinónimo de gritos, golpes, descalificaciones y, digámoslo de una vez: malos tratos. Esas eran sus ideas, sus costumbres, sus hábitos, su herencia…. Así habían sido criados y el sólo hecho de estar vivos, “y no haberse traumatizado” era, en su consideración, la prueba de que se trataba de un método eficaz.

La familia tenía, no obstante, sus buenos ratos. Cuando entraban unos “realitos” iban todos a la playa: la mamá, el papá, los tres hijos y, con frecuencia se agregaba la tía Carmen. Llevaban sándwiches, refrescos y la tía preparaba unas torticas deliciosas… Aparte de pequeños incidentes lograban pasarlo bastante bien.

Pero a la noche había que regresar a casa y eso, sin remedio, significaba siempre algo de tensión. Si el bebé lloraba le gritaban para que se callara, por lo que, por supuesto, lloraba más, con aún mayor represión, en escenas tan ridículas como tragicómicas…

Y el lunes a la Escuela, listos, eso sí, estaban los uniformes bien lavados y planchados, junto con todos los implementos necesarios, ¿y las tareas? Bueno, mejor no tocar ese punto, total, la maestra casi nunca las revisaba…

Del bebé se ocupaba principalmente la mamá y un poco la abuela. El padre colaboraba activamente en poner orden a los dos varones mayores. Un día lo hizo con tanta vehemencia que el niño terminó en el hospital. Afortunadamente con heridas leves.

La madre se enfureció y, por una vez, el padre calló avergonzado. Un silencio profundo dominó en el modesto hogar y esa noche el padre tuvo pesadillas…

El papá al comienzo intentó, para sí mismo, restarle importancia al hecho, se decía, ¡Bah, ya pasó, también él se portó mal y había que enseñarle! Pero, no estaba convencido. Se acordaba de su niñez, antes de que su madre muriera y el padre los abandonara.

Su niñez no fue perfecta. ¡Ninguna lo es! Pero si podía recordar momentos de felicidad… eventualmente había juegos y tareas compartidas entre padres e hijos. ¿Los había tenido él con los suyos? Apenas si podía preguntarse esto sin que le asaltara una culpa dolorosa que bloqueaba inmediatamente con trabajo o alcohol. Pero las pesadillas seguían…

Entre tanto, la mamá estaba asistiendo semanalmente a un taller sobre Psicoeducación para padres, que se daba en la escuela de sus hijos. Lo que allí decían contradecía lo que siempre habían sido sus creencias más arraigadas y, como suele ocurrir, se resistía a dar su acuerdo. Sin embargo, sea porque la psicólogo supo ser persuasiva, sea porque se mostraran videos muy convincentes, sea porque el grupo empezó a mostrar conformidad, lo cierto es que la madre empezó a reflexionar sobre posibles mejores métodos para educar a sus hijos.

No le había hablado de esto al marido, pues suponía que se opondría ferozmente y se burlaría del colegio y de sus ridículas pretensiones psicoeducativas. Pero ocurrió que este cayó con una gripe muy fuerte y luego de un nuevo sueño culposo, en medio de su debilidad, confesó a la esposa lo que le estaba ocurriendo…

Llantos y abrazos mutuos, reconocimiento de errores y una mamá, ya con un poco más de conocimiento, acerca de los errores que es normal tener cuando uno mismo no ha sido debidamente formado, y la conciencia de que todos podemos reaprender, los llenó de una dolorosa y, a la vez, optimista esperanza. ¿Qué si al taller también pueden ir los padres? ¡Sí, claro, tú también puedes ir y serás bienvenido!

  • Psicólogo UCV
  • Profesora (j) UCV
  • Especialización y Maestría USB
  • Facebook: Urquía Larralde (psykia)
  • Mail: urquia.larralde@gmail.com

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