¿NOS BASTA CON QUE NO SE TRAUMATICE?
Muchas veces he escuchado decir, a título de excusa por dar una nalgada a un niño: “No se va a trumatizar por eso”; pero pensemos un poco amigo lector, ¿estará bien que, como padres, nos parezca suficiente que nuestros hijos no se traumaticen?, ¿es eso todo lo que esperamos lograr de ellos a través de nuestra acción educativa?
Antes del descubrimiento de la penincilina y de las vacunas, a nadie extrañaba que un niño muriera. La enfermedad y la muerte prematura eran vistos como sucesos dolorosos, pero inevitables. Eran designios de Dios o de la naturaleza y sólo quedaba la resignación.
Hoy día, al menos en los países y grupos sociales que gozan de cierto bienestar y nivel educativo, esa visión fatalista respecto de la morbilidad y mortalidad ha sido superada. Pero continúa en lo que a la salud mental se refiere.

Cuando un niño es tímido, arisco, inquieto, rebelde, poco comunicativo o cualquier otra característica que no nos satisfaga, tendemos a verla como algo inherente a él, pensamos que son sus genes o que sencillamente “es así” de nacimiento.
Lo que creo es que no hemos descubierto las vacunas, ni la penincilina psicopedagógica o, peor aún, ¡no las conocemos!, es decir, la ciencia psicológica tiene algunas herramientas que ofrecernos para la promoción de la salud y la felicidad infantil; pero no se han divulgado suficientemente.

Quizás ocurre que, mientras las prescripciones médicas se administran en un momento particular, las atenciones psicopedagógicas son un asunto permanente día a día, que a los padres nos exige un trabajo incesante, que no toma en cuenta que estemos cansados, estresados, mal humorados, desalentados …
Y aunque podamos entender nuestras reacciones muy humanas y comprensibles desde nuestra óptica; lo cierto es que tienen un efecto en la formación psíquica del niño. Esa actitud arisca de tu hijo, ¿no será el resultado de aquella época en que, al atravesar una crisis económica y matrimonial, no le prestaste la debida atención?

Podríamos multiplicar los ejemplos, lo que quiero decir es que no tenemos el hábito de relacionar los “modos de ser” infantiles con nuesra propia conducta, con lo que hemos hecho o dejado de hacer; y, más importante aún, ¡con lo que aún podemos hacer!
Sería fundamental que enfrentáramos la educación de los hijos con más racionalidad y menos clichés, que nos informáramos debidamente, que reflexionáramos con cuidado y ponderación, que nos planteáramos que queremos hacer de él, respetando al mismo tiempo sus tendencias y decisiones, que entendiéramos que tenemos entre manos la más delicada, exigente y trascendente tarea, que puede traernos, según nuestro error o acierto, enormes dolores o grandes satisfacciones.

¡No! ¡No basta con que no se traumatice! Si algún quehacer merece que nos pongamos altas y nobles metas es esta de contribuir, acertada y sistemáticamente, en el desarrollo de un ser pleno, feliz y productivo, por su propio bien, el de su familia y la sociedad.
La penincilina psicopedagógica existe, es verdad que se trata de un trabajo reiterado y consistente, pero el esfuerzo, créanme, traerá grandes satisfacciones.
Temas relacionados con este los encontrarás en: ¿Y QUÉ HAGO AHORA? ¡NADIE ME ENSEÑÓ A SER MAMÁ! tales como Aumentar conductas, Constituirnos en premios y Modelar conductas, pensamientos y sentimientos, entre otros. También puedes consultar en este mismo Blog: Educar, Castigar a los niños, Dirigir a los hijos, Disciplinar con amor e Influir en nuestros hijos; así como visitar Facebook Urquia Larralde psykia y Twitter @psykia20
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